Julio Lagos: “No creo en la grieta, creo en los puentes”

Piazzolla, Lidia Papaleo y el general Camps, Borges, Oesterheld, Adolfo Pérez Esquivel, Hugo Pratt, Arturo Jauretche, Aníbal Troilo, Arturo Frondizi, Pablo Neruda, la historia de la crotoxina, Perón escuchando su programa y tanto más.  Con “apenas” 57 años de profesión y muy activo, el hombre se las ingenió para resumir en un libro (una especie de bitácora histórica de la cotidianeidad) con 16 capítulos que cuentan lo que vio.

“Creo que tenemos tanta suerte nosotros con este oficio que sería casi un delito, casi un delito, como omisión seguramente muy grave, no compartir lo vivido. Entonces  yo tengo la responsabilidad, el oficio, la responsabilidad, la obligación, de hablar para los pibes, para los que vienen”, le dice Julio Lagos a Infobae.

Compartimos una larga charla en donde, con la excusa de su trabajo Estuve allí, el pasado y el presente son relatados por la inconfundible voz de un maestro de la locución.

—¿Te escuchás a vos mismo el tono de voz?

—No, pero creo que de todas maneras, esto es un accidente, y sucede no por mérito del portador sino del oficio en el que uno se enganchó el tiempo suficiente como para que a vos te produzca esa sensación. Que es la que seguramente vos le provocas a otros que vienen después. Mirá, somos todos parte de una caravana. Y el mérito es de quien está en la caravana. Nosotros somos tributarios de eso, de esta cosa tan maravillosa que es tener ganas de hablar. Porque tenés ganas de hablar es siempre tener ganas de escuchar.

—Bueno, yo creo que éste es el cuento de nuestro oficio, saber escuchar más que saber hablar. Pero vuelvo al tono porque me impacta esto, en tu dedicatoria se lo dedicas a tres maestros. Dos de ellos hace poquitito estuvieron en la cena del Martín Fierro de Radio, y vos sabés que cuando Larrea dijo: “Buenas noches” pasamos todos al pupitre, yo digo estamos todos sentados en el pupitre de aprender. Me pasa lo mismo cuando te escucho a vos. Ese “Qué hacés” y yo dije al pupitre, de vuelta a aprender esta historia.

—No, no, no. Porque además yo no puedo enseñar nada a nadie. Pero cada día me gusta más la profesión Luis, cada día. Además yo estoy, ¿te acordás de Caballasca?

—Sí, claro.

—Cuando decía “Me hirve la cabeza”.

—Palmiro Caballasca.

—Bueno, a mí me hierve la cabeza como a Caballasca porque cada vez esto es más entretenido, más apasionante y más difícil. Cada vez es más complejo. Y en consecuencia despierta más mi curiosidad.

—Lo decís un poco en broma, querés equiparar hijos y libros, séptimo hijo séptimo libro. Ya está, ¿no? Digo de los hijos, por las dudas, ¿o todavía hay?

—(Risas) Nunca se sabe.

—Claro, claro.

—Nunca se sabe. En cuanto a libros estoy avanzando en un octavo. Pero lo otro qué sé yo.

—Y por qué, digamos, me parece muy interesante el libro porque es contar tu profesión pero contás la historia argentina como primer testigo privilegiado.

—Creo que tenemos tanta suerte nosotros que sería casi un delito, casi un delito, como omisión seguramente muy grave, no compartirlo. Entonces algunos muchachos, hay dos palabras de nuestro idioma que a mí me apasionan. Una es “pibe”, que dicen que viene del quechua, piwi, no sabía. Una es “pibe” y la otra “muchacho”. Nosotros en una etapa de nuestra vida decimos los pibes, que pasan a ser después los muchachos. Aunque sean sub 80. Bueno, algunos de los muchachos yo me enojo con ellos porque están molestos e inquietos con la gente joven. ¿Por qué? Y porque no saben nada, tenés que explicarles todo. Sí. Si yo digo por ejemplo Ítalo Luder, hay catorce que sí van a saber, pero catorce mil no van a saber. Yo tengo la responsabilidad, el oficio, la responsabilidad, la obligación, de hablar para los que no saben quién fue Ítalo Luder. Entonces tenés que ser más plástico, más fluido, ser algo así como una conexión, una interface. Porque si a mí me preguntan cómo se llama el batero que tocó ayer en un boliche under de Almagro.

—Al horno.

—Total. Entonces esto es lo que, bueno, yo tengo muchísima suerte en la vida, yo lo aprendí de mis hijos. Yo descubrí cómo es la vida de verdad a través de los ojos de mis hijos. Por palabras, por actitudes, por diferencias claro, y esto me parece que es lo que te hace más universal.

—Bueno, trajiste a Ítalo Argentino Luder, que viejo que soy porque yo obviamente vi el cierre de la campaña con Alfonsín, los dos cerraron en Rosario, siempre cerraron en Rosario, me lo acuerdo en aquel acto, hablas mucho el peronismo. Primero que yo te veo como lector, me encanta que el libro no es todo tiempo pasado fue mejor.

—¡No!

—No huele a esa cosa de enojo como vos decías, al contrario, es un libro siempre mirando para adelante, aunque hables de Lidia Papaleo o de quien sea.

— Luis, yo empecé a trabajar hace 57 casi 58 años.

—Mamita.

—Casi 58 años. Pero por suerte ligué en los últimos tiempos internet y viagra, los dos más grandes inventos de la humanidad en ésta época. ¿Cómo voy a estar enojado? ¿Cómo voy a estar enojado con las redes que son la creación de personas de entre 25 y 35? ¿Podemos negociar eso?

—Sí, ponele.

— Gente notable, maravillosa, de la que nosotros tenemos que necesariamente aprender. Entonces me parece que esto, poder trasladar lo que pude escuchar de Pichuco, de Piazzolla, de Borges, de lo que fuere, a gente, porque es un accidente biológico, yo llegué antes al almanaque, entonces los que no estaban cómo pueden saber lo que pasó en tal circunstancia que bueno, pude chusmear porque estaba ahí cerca.

—Ahí hay montones de preguntas. Sigamos con esto que vos dijiste de las redes, ¿las redes democratizaron el acceso a la información o no, o es una mentira eso?

—¿Vos te imaginas cuando el tipo dejó de escribir pegándole a la piedra? Que apareció un flaco que dijo yo acá en el pantano tengo tablitas de arcilla, es para muchos más. Se armó un lío bárbaro. Fueron los chinos, siempre los chinos, inventaron el papel. Bueno, y así sucesivamente. La comunicación es algo que se establece normalmente entre las personas, las herramientas cambian, los procedimientos cambian, pero siempre hay uno que tiene más ganas de contar que otro, y siempre son muchos más los que bueno, reciben el mensaje. La aptitud del tipo que escribía para que los demás entendieran en la cuneiforme, en la tablilla, en el papiro o en el papel si el tipo tenía ganas que lo entendieran ya era democrático. En consecuencia aun ahora con las redes yo creo que hay diferencia de magnitudes. Porque se establece solo el equilibrio. No todo el mundo cree lo que todo el mundo escribe en las redes, eh. No, no, no.

—Los otros discutíamos con amigos que trabajamos de esto respecto de la vanidad que tenemos particularmente en la tele y en la radio. Me parece que desde que aparecieron las fotos de los que escriben en los diarios me parece que se contagiaron de lo peor de la radio y de la tele. Y alguien dijo siempre fuimos vanidosos.

—Toda la vida.

—¿Coincidís vos?

—Toda la vida, sí, sí, sí. Porque además hay grados ¿no? Una cosa es la vanidad, otra cosa es la egolatría, otra cosa es el histrionismo. Todos tenemos un poquito de yosapa, siempre. El locutor arranca cuando va en la época del bondi con la mamá y ve un cartel que dice Rivadavia, el nombre de la calle, y sigue el colectivo y la curiosidad, “¿qué dice ahí donde está la botella?” Bueno, ya tenés ganas de llamar la atención. Porque la palabra seduce, sin duda. Y entonces por supuesto que hay que controlarlo, entonces lo más cerca posible del escenario pero no arriba del escenario ¿no?

—Claro, claro.

—Ahora Luis, no solamente los que nos dedicamos a charlar, a macanear por la radio, por la televisión estamos enfermos de esa cosa que se aprecia en los políticos, en los empresarios, en los futbolistas, en todo el mundo. Sin duda en nosotros es algo que deberíamos controlar.

—No quiero develar demasiado de Estuve allí porque me parece que hay que leerlo, pero ampliame esta historia que me provocó una emoción envidiosa, una envidia emocionante, no sé cómo decirlo, cuando alguien viene, un señor de uniforme, y te dice el general lo escucha a la mañana.

—Ah, eso fue cuando uno que aparecía en Radio Continental todas las mañanas, que era alguien que nosotros no sabíamos qué era ni para qué venía. Bueno, me dijo: “Sí, sí, Perón te escucha todas las mañanas”. Y lo peor es que de entrada vos te lo crees. Bueno, en aquellos años era todo tan delicado y tan difícil que tenías que controlar eso, la egolatría, vos entrabas de cabeza, “uy, Perón me escucha”, y después no sabías qué venía del otro lado, el tipo que venía a decirte eso por algo. Sí.

—Y hoy que se debate qué es el peronismo vos que lo viviste qué es el peronismo.

—El peronismo es un movimiento del que no se puede prescindir en la Argentina. Mira, hay una frase, y yo no soy peronista, y yo ahí más o menos doy a entender que nací en… Mira, el almirante Rojas al lado de mi papá era peronista, para que tengas una idea.

—Imaginate el gorilismo que había en casa.

—Bueno, hay una frase que dice somos pocos y nos conocemos mucho ¿no? Yo creo que habría que modificar un poquito esa frase. Somos pocos y nos necesitamos mucho. Vos no podés hacer la Argentina sin Novaresio, sin Lagos, sin los peronistas, sin los gorilas. Somos pocos. Y esto que en términos de mercado tiene un determinado significado también para zanjar la discusión entre los que están a favor del consumo interno y los que prefieren la exportación. Porque si vos producís quince manzanas, nosotros somos pocos, con cuatro, cinco, te arreglas para el mercado interno y tenés el resto para el mercado externo, y un pedacito de eso incluso para hacer una acción casi demagógica en el mundo. Argentina tiene siempre una gran discusión sobre el tema de la marca. Viste que hay simposios y todo esto de la marca, y los diseñadores inventan la nube celeste y qué sé yo. ¿Qué significa Argentina en el mundo? ¿Qué se dice de nosotros? ¿Qué se siente sobre nosotros? Bueno, que somos incorregibles y que tenemos una cantidad de características negativas ¿no? Siendo que Argentina podría hoy y tantas otras veces en el pasado cumplir un papel, casi ya parezco argentino por lo que voy a decir, extraordinario. Porque podría salir, yo no oculto mi admiración por Arturo Frondizi. Frondizi entendió, era la post guerra, la Guerra Fría, entonces o comerciabas con lo que era la Unión Soviética, todo ese mundo que estaba detrás de la Cortina de Hierro, o con los Estados Unidos. Y Frondizi dijo busquemos otra alternativa, entonces fue el primero en ir a Japón, fue a la India. ¿Para qué? Para vender, para vender productos. Porque los países tienen intereses, no amistades, y mucho menos ideologías. Frondizi fue a la India y para honrar a ese mercado al que él quería seducir se subió al elefante, que es toda una ceremonia, viste que el elefante pone la trompa, vos tenés que subir, te sostienen todos los tipos de protocolo, se sentó flaco, además elegante siempre. Y acá dijeron que payaso, que payaso, hace eso. Pocos meses después fue la reina de Inglaterra, Isabel II, a la India, se subió al elefante y los mismos que habían dicho que Frondizi era un payaso dijeron que democrática, que grande. Entonces nosotros tenemos que vender.
Y no hay que enojarse porque ya te digo, Cristina hay una sola, Macri hay uno solo. Y a mí a veces me da pena porque los interlocutores son siempre los mismos, Putin por ejemplo, el chino por ejemplo, y en nombre de nosotros dos un día habla Cristina, al otro día Macri. Yo sé que es una utopía, estoy seguro de lo que estás pensando, pero a mí me gustaría que diéramos una sensación de coherencia sobre todo porque somos pocos, porque somos pocos. Y los intereses de la Argentina son siempre los mismos, atender el mercado interno y exportar, porque la bendita providencia nos ha dado tela para una cosa y para la otra.

—Con tus escasos casi 60 años de profesión, ¿qué es el periodismo militante?

—No sé, no lo conozco, no, no. Yo trabajo para el público. Mira, Luis, yo quiero tener cada vez más oyentes, por eso me fascina el fenómeno de los inmigrantes. La radio, nuestra radio querida, cuando fabricó éxitos, porque se habla mucho del tema de las radios de hoy que cierran, que los directivos no saben, que los dueños se escapan. Lo peor de todo no es eso, lo peor de todo es que no han hecho un éxito en los últimos 30 años. La radio de los éxitos, vos pensá por ejemplo en Niní Marshall. ¿Qué hacía Niní Marshall? Hacía la gallega, Cándida, Catita era la tana, doña Pola era la polaca. Tomás Simari hacía la familia Rambullete, el catalán. Les estaban hablando a esos públicos que eran los inmigrantes. Y muchas veces se habla de la preeminencia que tienen los mensajes para los jóvenes en un país que tiene más de 6 millones de personas mayores de 60 años. ¿Y dónde está la radio y la televisión para esa gente? Entonces es muy difícil hablar para un millenial o para un sexagenario. Yo trato de hacer eso, trato de hacer eso. Y en ese sentido cuando nosotros decimos Radio La Red, yo te escucho, y por suerte te agradezco que cada rato des la hora y la temperatura, porque eso es lo que yo necesito. Entonces vos decís 14 grados la temperatura, vos no preguntás si yo soy republicano o monárquico, porque es la misma temperatura. Salvo que lleguemos a la locura de que haya dos temperaturas.

—Es buena, es buena. Ojo, no lo descartes, eh, porque es una buena idea. ¿Y qué es la grieta?

— No, yo no creo en la grieta, no. Creo en el puente y quiero ser un puente. Nosotros, la radio siempre fue un puente, siempre. Por eso que te estoy diciendo, cuando D´Arienzo hacía así y metía la orquesta en un puño, ¿qué grieta? Era para todos. Porque nosotros, hablo en particular de la radio ¿no? La radio es abierta, democrática, popular, entretenida, esperanzadora. Creo que está casi, casi en la misma dimensión que el ferrocarril en su misión civilizadora. Entendido por civilizadora que lleva mensaje, que comunica, que acerca. La radio para un país como Argentina de grandes distancias.

—Me gusta y te la voy a afanar, voy a citar que es tuya la metáfora, la radio como el tren porque el tren es el medio más democrático, más ecológico, que siempre sale, no hay nieve, no hay tormenta, más natural, te permite… Me gusta mucho la metáfora, la comparación de la radio con el tren, me parece que habla muy bien de los dos, del tren y de la radio.

—Claro, sí, sí, sí. Y yo soy fanático del tren. Y sobre todo de los trenes que no se hicieron ¿no? El famoso trans patagónico de aquel ministro extraordinario que era Ezequiel Ramos Mexía, con x ¿no? Que contrató a un geólogo norteamericano, Bailey Willis, la historia de Bailey Willis, de lo que sufrió ese tipo, que hizo un informe de no sé cuántos volúmenes, para que tengas una idea se los quemaron en el Congreso, se los quemaron. Estamos todavía en deuda con algunas cosas.

—Contales, como vos decís siempre en tu libro que hay que contarle a los millenials, a los centennials, a los que vienen, contales quién era María Esther Vázquez y la posibilidad de hablar con el maestro.

—(Risas) Yo tuve tanta suerte, yo trabajaba en Radio Municipal, hoy Radio de la Ciudad, porque yo escribía en El Gráfico y hacía unas notas misteriosas, una encuestas, entonces ponía personajes. Y un día Hugo Guerrero Marthineitz me dijo andá a Radio Municipal que hay un personaje muy interesante, Julio Álvarez Vieyra. Y ahí lo conocí al Negro Álvarez Vieyra que era algo así como director, asesor musical de música popular. Excuso decirte que me quedé a trabajar en Radio Municipal haciendo una partecita en un programa deportivo con Améndola que fue director técnico de Boca y un señor muy fino, muy culto, muy agradable, Juan Manuel Puente. En Radio Municipal estaba Troilo, estaba Piazzola, estaba Salgán, estaba Edmundo Rivero, estaba Eladia Blázquez, estaban los Maqui Max, Ciriaco Ortiz, Roberto Grela, Muñeco Ordoñez, Porchia, Sábato, Panzeri, Borges, entre otros. Entonces yo que hacía una cosita así en un programa una vez por semana estaba todo el día todos los días, y estaba Borges siempre ahí.

Entonces un día se me ocurrió hacerle un reportaje a Borges. Yo trabajaba con un grabador que era el Phillips EL Reporter, que era vertical, grababa en cinta abierta, dos cintas chiquitas arriba y un micrófono empotrado. Y entonces a Borges lo acompañaba siempre María Esther Vázquez, siempre. Una señora muy fina, muy elegante, que escribió un par de biografías sobre Borges. Y gracias a ella conseguí la entrevista en la vieja Biblioteca Nacional en la calle México casi Perú. Un lugar que nunca fue demasiado resplandeciente y justo me tocó ir una noche de invierno, con lluvia, una cosa espantosa, y el lugar era casi sórdido. Y como tenía la recomendación de María Esther cuando me anuncié bueno, el tipo de entrada me echaba flit, y yo invoqué a María Esther, “Ah, espere un momentito”. Oscuro todo, oscuro todo, y un edifico que se venía abajo. Ahí creo que está el ballet nacional ahora, me parece. Y de repente empiezo a escuchar (Golpea la mesa) un sonido rítmico que se iba acrecentando, que iba llegando, el bastón de Borges. Entonces me agaché para sacar mi grabadorcito de la funda y justo llega Borges. Y Borges me dijo: “Puede pararse nomás” (Risas).

—Qué hermoso. De esos personajes, cuando uno entrevista a un monstruo como éste, primero después de superar los nervios de estar con Borges o estar con Piazzolla, estar con Pichuco, uno tiene como una fantasía respecto de quiénes son. ¿Alguno te desencantó?

—No, no, no. Al contrario, una vez lo entrevisté a Neruda y le hice todas las preguntas tontas que le puede hacer un cronista verde, verde no por ecologista sino por inmaduro ¿no? Y le pregunté por Guillén, por esas cosas. Bueno, y él dijo lo que tenía que decir. Me sorprendió porque le pregunté: “Cuál es el libro más hermoso que usted leyó” y me dijo: “El libro más hermoso en nuestro idioma es Don Segundo Sombra”, y más bien que la parcela Güiraldes no coincide con la parcela Neruda, pero las personas de talento están por encima de eso. Bueno, termina el reportaje en un departamento de una amiga de él en Buenos Aires, entonces salimos, vamos al ascensor, ¿y viste el tiempo muerto ese de la llegada del ascensor?

—El clima o qué.

—¿Sabés qué me dijo Neruda? “Corríjame la sintaxis por favor, le contesté muy apurado”

—Qué hermoso, qué hermoso. ¿Cómo fue hacer periodismo, radio, del 76 al 83?

—Mirá, igual que hacer desde que empecé del 61 al 73, y especialmente del 70 al 76. Siempre hubo acechanzas. Lo que pasa es que hay como una memoria selectiva que plantea etapas que no siempre se corresponden con la realidad. Cosas horrendas pasaron siempre, antes, durante y después. Nosotros, vos no tanto pero yo por edad sí, tengo la suerte de ser un sobreviviente de todo lo que pasó antes, durante y después. En homenaje a los que no tuvieron esa suerte yo creo que no hay que hacer bandera de las incidencias en las que uno estuvo a punto de, que fueron varias, de un lado y del otro. Porque con esta actitud que yo te estoy refiriendo de contar las cosas, de trabajar para los oyentes, nunca me pareció que era razonable traicionarme y hacer algo en función de un interés que no era el mío. Hay momentos en lo que eso es mucho más difícil.

— Lo pregunto también porque tu primer capítulo, tu primera historia que es muy impactante, tiene que ver con Lidia Papaleo.

— Sí. Ah, eso es terrible. Sí, eso es terrible. Porque en realidad el primer capítulo y el último hablan de la crotoxina. Y quien me refirió a mí las cosas de la crotoxina fue un doctor que se llamaba Julio César Tagle, de quien Lidia Papaleo fue paciente.

—Claro. Bueno, ahí viene el encuentro.

—Claro. Y lo de la crotoxina, lo de Tagle, es muy impresionante, crotoxina 1986, algo que apareció y que parecía curar el cáncer.

—Veneno de serpiente que supuestamente iba a ayudar.

—Sí, sí, sí. Debo decirte que la crotoxina hoy existe, se usa, y ayuda. Yo no soy médico, no estoy ponderando nada, estoy siendo cronista. Porque Omar Moreno Palacios, el cantautor de la provincia de Buenos Aires, (canta), él me dijo al lado de SADAIC tomando un café, hace un par de años me lo dijo, que está ahí, “yo me curé el cáncer con crotoxina.” Lo dice él. Pero en la época aquella de la crotoxina el gobierno de Alfonsín a través de su ministro de Salud Pública, que era Conrado Storani, armó una comisión. Se armó un lío terrible, se armó una comisión de famosos oncólogos, doce, que eran los encargados de determinar si la crotoxina servía para algo o era una macana. Los doce, ortodoxos, muy prestigiosos, arrancaron creyendo que no servía para nada. Este doctor Tagle, como en aquella película de Reginald Rose Doce hombres en pugna éste empezó lentamente a cambiar su opinión. ¿Y por qué cambió? Porque revisaba a los pacientes, cosa que los demás no hacían con tanta intensidad. Entonces él advirtió la mejoría que era evidente. Entonces dijo bueno, por lo menos veamos de revisar todo esto. Y cobró notoriedad el doctor Tagle, y a vos te ha pasado seguramente que hablas mucho con personas, reporteás gente a la que no conoces personalmente.

—Sí, claro.

—Pero por teléfono sí.

—Sí, claro.

—Yo trabajaba de lunes a viernes en la UN6 en Mar del Plata, sábados y domingos en Continental en Buenos Aires e hice montones de reportajes, porque él se convirtió en una figura pública. Era el eminente oncólogo que estaba en contra de los otros. Bueno, después la comisión se prohibió, bueno, todo un escándalo. Después de eso ese escándalo como ocurre entre nosotros fue reemplazado por una serie de sucesivos escándalos a lo largo de toda nuestra vida, pero a mí me quedó lo del doctor Tagle, lo busqué Luis años, mensajes, cuando aparecieron las redes por las redes, mensajes por todos lados. Y yo pensé que, bueno, era un hombre grande, a lo mejor se había muerto. En diciembre del 2015 en los mensajes privados de Facebook, viste que a veces no revisas todo, son tantas columnas, y apareció un mensaje que decía: “Soy Julio César Tagle, quiero verte”. 30 años después, Luis. Por supuesto lo llamé, fui, me abracé a esa posibilidad, grabé mucho con él, y él me contó montones de cosas entre ellas cuando lo va a ver Lidia Papeleo por su mamá estaba enferma. Y justo ella llega cuando él habla por teléfono con otro paciente de él…

—Sin más metástasis.

—Al que él le había curado el cáncer con la crotoxina, que era Camps.

—Me gustó mucho Camps. Me gustó mucho algo que dijiste al pasar que para mí es el corazón de nuestro oficio: “Más que hablar hay que saber escuchar”.

—Siempre. Y escuchar significa ver los gestos, ver la mirada, ponerse en el lugar del otro. Es fantástico éste oficio.

— Sí. ¿Te sigue dando ganas de seguir escuchando?

—Claro, y ahora más todavía. Ahora más todavía Luis porque como te decía hace un rato, esto se ha puesto tan complejo, tan apasionante. Mira, nosotros estamos como el gusanito en el medio de un terremoto en un edificio. El tipo percibe que hay un lío bárbaro pero no sabe qué, y nuestra actividad está cambiando cada 24 horas, cada 24 horas, y es cada vez más apasionante y no hay verdades absolutas, esto es fundamental ¿no? Y yo me considero por sobre todo un cronista. Más allá de que escriba en la compu o delante de un micrófono. A mí me gusta contar historias. No me gusta juzgar, me parece que es una característica que hoy tienen los medios, hay muchos más comentaristas que cronistas.

—Y para poder comentar hace falta primero contar la historia.

—Sí. Contar la historia tal como es.

—Sí, claro.

—Asombrándote y entreteniéndote con lo que te está ofreciendo la realidad. Y me parece que esto también ha determinado que haya una fuga de audiencia en las radios. Porque poco falta para que haya un comentario editorial sobre el pronóstico.

—Estamos al borde.

—Me parece.

ENTREVISTA COMPLETA

Fuente de información: https://www.infobae.com/sociedad/2018/12/17/julio-lagos-no-creo-en-la-grieta-creo-en-los-puentes/