¿La voluntad de Dios o mi voluntad?

En diversas homilías el papa Francisco nos enseña cómo tener una buena relación con Dios.

La historia de Jonás, el profeta (Libro de Jonás, A.T.)

En ese monumento sagrado que es el Antiguo Testamento se cuenta la historia del profeta Jonás y su relación con Javeh, Dios de los judíos. Según el relato Jonás era hijo de Amittaí y existió entre los años 783-743 a.c. En su diálogo con Javeh este le ordenó dirigirse a Nínive, centro del imperio Asirio para anunciar a sus habitantes que había decretado como castigo su destrucción debido a la violencia, corrupción y múltiples pecados que la envolvían. Recordemos que los asirios dominaban por la fuerza y en forma despótica prácticamente toda la región de la antigüa Mesopotamia (hoy Siria, Líbano, Turquía, Irak e Irán). Jonás, el profeta, desobedece. Nínive era una “ciudad de derramamiento de sangre” (Nahum), puesto que los asirios libraban muchas guerras de conquista y empleaban métodos brutales para matar a los cautivos.

Ciertamente Jonás vaciló en su fe y en lugar de ir a Nínive se embarcó en una nave con destino a Tarsis (hoy Andalucía). Dios enojado por su desobediencia provocó una gran tormenta que puso a la nave al borde del naufragio. Jonás que supo interpretar la tempestad como señal del enojo divino, le contó a los marineros lo ocurrido y les sugirió que se liberasen de él arrojándolo al mar, lo que así se hizo. Retornó la calma y Jonás fue engullido (y salvado) por una ballena en cuyo vientre permaneció tres días y tres noches durante las que su fuerte invocación conmovió al Señor que se apiadó y el profeta fue arrojado a la costa. Entonces se dirigió a Nínive y una vez allí dio cuenta de la orden según la cual la ciudad sería arrasada en cuarenta días según lo decretado por Dios. Para su sorpresa los habitantes y hasta el rey se arrepintieron y realizaron sinceros actos de conversión. Dios, viendo esto, ejerció su misericordia los perdonó y decidió no aplicar lo dispuesto por El y profetizado por Jonás.

El profeta desautorizado por la clemencia divina se sintió herido en su reputación -su profecía no se cumpliría -y se marcho de la ciudad alejándose de Javeh que volvería a sancionarlo por su soberbia.

“Y al tercer día resucitó…”

La ficción literaria del héroe tragado por un monstruo y restituido a la vida al tercer día, propia de la mitología griega y asiria, se enlaza con la teología judeo-cristiana cuando tales hechos en parte ficcionales y en parte históricos son mencionados en los evangelios de Lucas 11: 29-32 y Mateo 12: 38-42 que dan cuenta de expresiones de Nuestro Señor Jesucristo cuando apela a los mismos como preanuncio de su muerte y resurrección.

El papa Francisco en sus homilías se refirió a este relato del Libro de Jonás (A.T.) en varias oportunidades, entre ellas en la recientes misas del mes próximo pasado en Santa Marta donde relacionó estas enseñanzas con la parábola del fariseo y el publicano.

El fariseo y el publicano ( Lc 18: 9-14).

Dos hebreos: el fariseo y el publicano, el primero un acomodado funcionario israelí del año 30 d.c. en tierra palestina, el segundo un humilde trabajador, ambos se hallan en el Templo. El primero le dice a Dios todo lo correcto que es en su función, las puntuales contribuciones del diezmo que hace, los éxitos personales, su concurrencia a todas las ceremonias del culto, justificándose; el segundo no alza la vista por humildad y temor y pide perdón por sus pecados. Jesús concluye diciendo: «Les aseguro que este último – es decir, el publicano – volvió a su casa justificado, pero no el primero, porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (v. 14).

Y el papa Francisco se pregunta: “De estos dos, ¿Quién es el corrupto? El fariseo. El que finge orar, pero solamente logra vanagloriarse de sí mismo delante de un espejo. Es un corrupto pero finge orar… La soberbia compromete toda acción buena, vacía la oración, aleja a Dios y a los demás. Si Dios prefiere la humildad no es para desanimarnos: la humildad es más bien la condición necesaria para ser ensalzados por Él, así poder experimentar la misericordia que viene a colmar nuestros vacíos. Si la oración del soberbio no alcanza el corazón de Dios… delante a un corazón humilde, Dios abre su corazón…”.

Entre el testarudo de Jonás y la soberbia del fariseo

Jonás perdió la santidad a la que aspiraba por haber priorizado su prestigio, su ego, por sobre la caridad del perdón a los asirios convertidos que dispuso Javeh.

¿Y que pasa con el fariseo? Cumple, eso sí, con la condición de estar ante Dios en la primera fila, de ser considerado el mejor, de lavar sus culpas. Otra vez el yoísmo lacerante prevalece: mira a Dios en forma altiva, sin distraer su mirada, sin mirar siquiera al publicano humilde que ayer estaba en la periferia de Nínive o en el último banco del Templo. Que hoy está en las periferias de cualquier ciudad o en la selva.

De la ideología de la fe, a la fe del amor incondicional

Francisco subrayó que hay “dos figuras de la Iglesia de hoy: la Iglesia de aquellos ideólogos que están de cuclillas en sus propias ideologías y la Iglesia que muestra al Señor que se acerca a todas las realidades, que no tiene repugnancia: las cosas no le dan asco al Señor, nuestros pecados no le dan asco, Él se acerca como se acercaba a acariciar a los leprosos, a los enfermos. Porque Él ha venido para sanar, Él ha venido para salvar, no para condenar”.

Fuente de información: https://www.infobae.com/opinion/2019/11/03/la-voluntad-de-dios-o-mi-voluntad/