Iluminación en tiempos de tormenta

Un hombre que es testigo de cómo todo su mundo desaparece. Tempestades inesperadas que hacen que la vida cambie de la noche a la mañana. Un informe médico, una separación, un accidente, una crisis, o una pérdida. Esa tormenta que arrasa todo alrededor, en donde nada de lo que alguna vez conocimos, vuelve a ser como era en nuestro mundo. Esa es la historia de Noé.

La historia del Arca de Noé es uno de los textos más conocidos de la literatura bíblica. El relato tendría sus raíces en eventos históricos reales. Los varios mitos acerca de diluvios universales, tales como el Poema de Gilgamesh en la antigua Mesopotamia, dan testimonio de la memoria de inundaciones desastrosas especialmente en las tierras planas del valle del Tigris-Éufrates. Las excavaciones arqueológicas en Shurrupak, Kish, Uruk y Ur, revelan evidencia de depósitos de arcilla y apoyan esta teoría. Un dramático Diluvio pudo haberse limitado a centros de habitación humana, en lugar de cubrir toda la tierra.

Se conoce como Hapax Legómenon a una palabra que aparece por única vez en un corpus, un autor o una obra específica. Los Hapax en escritos antiguos son especialmente difíciles de descifrar, ya que siempre es más fácil inferir el significado de una palabra basándose en varios contextos, a diferencia de uno solo.

En la descripción de la construcción del Arca aparece nuestro Hapax Legómenon:

“Un Tzohar le harás al Arca” (Génesis 6:16). Los exégetas debaten acerca de la palabra “Tzohar”, ya que no tienen cómo compararla con ningún otro texto bíblico. Sin embargo todos acuerdan que se trata de algún tipo de fuente de iluminación que necesitaría el Arca. En Génesis Rabbah (31:11) nos dicen: “Algunos dicen que se trataba de una ventana por la que podía entrar la luz del sol, otros de una piedra preciosa que les otorgaba luz.”

El Arca es nuestra vida, un viaje a través de un mar a veces calmo y de cielos de arco iris, y otras tormentoso y devastador. El texto, nos sugiere que existen dos formas de alcanzar la iluminación: una desde adentro, y la otra desde afuera.

La piedra preciosa que ilumina desde adentro es nuestra forma de ver al mundo. El refugio ante un mundo de incertidumbres es nuestra visión, nuestro bagaje cultural, nuestra ideología, nuestros valores, nuestra concepción de las cosas, nuestra religión, nuestras convicciones, nuestra fe. Solemos confiar únicamente en esa luz, la de la sabiduría recorrida y adquirida. Sin embargo, allí afuera también existen fuentes de iluminación, sólo que no nos permitimos abrir la ventana. Por miedo, por temor a perder o confundir la luz de nuestra propia piedra preciosa.

Sucede tanto en las convicciones ideológicas religiosas como en las políticas. En un contexto de tormenta, en un mundo convulsionado, nada más seguro que aferrarse al texto propio. No hay dudas de que cada cultura religiosa, cada comunidad, cada pueblo, cada nación, tiene su propia piedra preciosa. Una fuente de iluminación primigenia de donde abrevar sabiduría, valores, prácticas, rituales, tradiciones, rutas, sentido, ideas e ideales. Pero el miedo a abrir ventanas donde recibir también luz de otras fuentes y concepciones de ideas y filosofías, lleva al fanatismo, a la guetización y al encierro. El abrir ventanas, abre el temor a asimilarse, a hacerse símil al otro, al afuera, y entonces perder la propia esencia, olvidar la luz de la propia piedra.

Cuando nos sabemos fuertes en nuestra propia identidad, cuando conocemos la potencia de la iluminación interior, abrir una ventana a otras ideas y concepciones debe transformarse no en asimilación, sino en integración. Integrar la voz, las ideas, la sabiduría, la luz de otros, nos hace más íntegros. Más completos. Lejos de perder la luz propia, nos aseguramos potenciarla al reconocer lo íntegro en lo diverso, y tener un Arca con más luz.

El sabio del siglo XIII Hizekuni entendió que Tzohar del Arca no era una u otra forma de iluminación. Sino que el Arca tenía una ventana para recibir la luz del sol, así como también una piedra preciosa para iluminar por dentro. La sabiduría radica en no tapar una luz con la otra, sino ser Arcas con más iluminación.

El Arca es nuestro alma.

Todos tenemos una piedra preciosa que ilumina nuestro alma. Eso no quiere decir que necesariamente esté encendida. Precisamos instantes de inspiración, momentos de trascendencia, rituales que hagan vibrar el espíritu. En tiempos de diluvio, el Arca de nuestro alma busca encenderse. La piedra preciosa se enciende cuando invertimos mejor el tiempo con los nuestros, cuando respiramos fragancia de hogar, cuando priorizamos lo relevante, cuando abrazamos lo que sabemos esencial.

Pero el desafío espiritual está en saber abrir ventanas. Ventanas que nos traigan destellos de iluminación para el viaje. Luz que no se consigue sólo mirando adentro, sino redescubriendo el afuera.

Para el viaje del Arca personal, el familiar, para el viaje del Arca de nuestra sociedad, el de nuestro país, debemos comenzar a abrir las ventanas del perdón, las ventanas de la reconciliación, y las del reencuentro. Animarnos a abrir las ventanas de las que dejan atrás rencores, broncas y viejos resentimientos. Ventanas que nos traigan ese tipo de iluminación que nos permita entender que no hace falta pelearlas todas, o criticarlo todo, o negarnos sistemáticamente a cambiar, o a aferrarnos a las mismas respuestas ante preguntas y problemáticas nuevas y diferentes.

El Arca necesita de la belleza y la potencia de nuestra piedra preciosa, tanto como el abrir las ventanas que nos hagan ver que hay un mundo allí afuera esperando. La luz interior nos hará celebrar que nuestros hijos coman esta noche, estudien para crecer, y tengan un techo donde resguardarse del diluvio. Abrir la ventana nos traerá iluminación para comprender que nuestra misión entonces, es hacer que otro chico coma, que otro chico estudie, que otro chico duerma abrigado.

Abrir ventanas que logren crear puentes, para crecer en luz, para creer más, para amar mejor, para vivir más alto.

Dijo el escritor y filósofo francés Voltaire: “Si alguna vez, ve saltar por la ventana a un banquero suizo, salte detrás. Seguro que hay algo que ganar”.

No se trata en realidad de saltar por la ventana. Para ganar, hay que saber abrir ventanas. Es mejor entonces recordar lo que dijo alguna vez Mark Twain: “Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño”.

La luz interior, la sabiduría personal, radica en aprender a levantar esa escalera, peldaño a peldaño. Para abrir ventanas que nos llenen de sol y hacer así de nuestro Arca, el mejor refugio para cualquier tormenta.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.

Fuente de información: https://www.infobae.com/opinion/2019/11/03/iluminacion-en-tiempos-de-tormenta/