El fin del sueño progresista

Evo Morales (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)
Evo Morales (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins) (CARLOS GARCIA RAWLINS/)

La renuncia de Evo Morales a la presidencia de Bolivia, y la crisis política y social que le precedió, son un ejemplo más del estado de conflictividad e incertidumbre que reina en América Latina. Como pocas veces en nuestra historia, resulta clave entender lo que está sucediendo para que nuestra dirigencia comience a cambiar algunas actitudes.

Morales asumió la presidencia de Bolivia en el año 2006. Desde entonces, la economía del país creció a tasas altas y, a diferencia de otros gobiernos de izquierda en la región, lo hizo manteniendo cierta disciplina fiscal. Pero Morales no quiso dejar el poder cuando lo dictaba la Constitución. Llamó a un referéndum en 2016 para abrir la puerta a un cuarto mandato, pero perdió. Optó entonces por forzar la situación a través del Tribunal Supremo Electoral, que finalmente le permitió presentarse. La gota que rebalsó el vaso tuvo lugar días atrás, cuando -según denuncia la Organización de Estados Americanos (OEA)- se produjeron una serie de irregularidades en el escrutinio electoral que le dio -según Morales- la victoria.

La de Bolivia es entonces una crisis de representatividad. Una parte importante de la población ya no consideraba que Morales tenía la legitimidad necesaria para permanecer en el cargo. Algo similar ocurre en Chile, en donde un número importante de manifestantes le han exigido la renuncia al presidente Piñera, a pesar de que su mandato termina en el 2022 y que este no parece haber violado ninguna norma constitucional. Tanto en Bolivia como en Chile se hizo uso de la violencia para manifestar el descontento social, lo cual significa un grave retroceso respecto al respeto que merecen las instituciones republicanas y al diálogo como medio para resolver diferencias.

Dadas las diferencias ideológicas entre los gobiernos de Santiago y La Paz, una primera conclusión sería que lo que estamos observando no representa necesariamente un resurgimiento del progresismo latinoamericano, sino una crisis de representatividad de toda la dirigencia, independientemente de su signo político. Los dirigentes latinoamericanos no parecen haber sabido reconocer las necesidades de su población y encarar las reformas necesarias para satisfacerlas. Esta es una realidad que parece repetirse en la mayoría de los Estados.

La convulsión que estamos observando en la región tiene importantes consecuencias para la política exterior argentina. Es posible que en poco tiempo los países vecinos de la Argentina tengan gobiernos conservadores. Esto de hecho ya sucede en Paraguay, Chile -a pesar de la debilidad de Piñera-, Brasil, y seguramente también ocurrirá en Uruguay, con el probable triunfo de Lacalle Pou. Ahora, con la salida de Morales, un cambio de gobierno también es posible en Bolivia. Por lo tanto, la conformación de un eje progresista ahora parece más distante. Asimismo, y de darse esta situación, nuestros socios del Mercosur seguramente buscarán firmar el acuerdo con la Unión Europea o encarar negociaciones similares con otros países. Si la Argentina se negara, la misma existencia del bloque correría riesgo.

A la crisis de representatividad que hemos mencionado, debemos sumar al menos dos fenómenos igualmente preocupantes. El primero tiene que ver con las bajas tasas de crecimiento que vienen experimentando las economías latinoamericanas desde que terminó el ciclo de la commodities. Más grave aún, los gobiernos de la región no parecen encontrarle una solución al problema. Y esto le ocurre a los gobernantes de izquierda -como López Obrador en México- y a los de derecha (hace cuatro años que Chile crece a bajas tasas). Esto, entendiblemente, ha incrementado el malestar de una nueva clase media que -en países como Chile y Bolivia- no ha podido satisfacer sus aspiraciones. En este sentido, debemos recordar que el crecimiento económico no es suficiente para combatir la pobreza y alcanzar el desarrollo, pero sí indispensable.

Finalmente, la política exterior de nuestros gobiernos se está ideologizando. Por tomar un caso, Brasil y la Argentina parecen estar destinados a un enfrentamiento político debido a las diferencias ideológicas que existen entre quienes en poco tiempo serán sus gobernantes. Esto resulta peligroso porque la base de la estabilidad y la paz de nuestra región se debe, en gran medida, a la alianza estratégica que los dos países más influyentes de Sudamérica alcanzaron casi cuatro décadas atrás. A esto debemos sumarle un contexto internacional sumamente complejo debido a la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, y que nos llama a coordinar nuestra política exterior.

Dado este panorama, necesitamos que los líderes latinoamericanos sean conscientes de los peligros que enfrenta América latina. Será asimismo necesario que vuelvan a dialogar y desideologicen la política exterior. Para volverse a conectarse con la sociedad, se necesitará mayor humildad e imaginación. Al mundo le llevó siglos desarrollar la serie de normas y principios que guían la diplomacia moderna, como son la no intervención en los asuntos internos de otros países y la moderación en las declaraciones. Estos nos han servido para evitar conflictos innecesarios. Es tiempo de recurrir una vez más a ellos dado que podríamos estar acercándonos, quizás sin saberlo, a un abismo.

El autor es experto en relaciones internacionales. Global Fellow del Wilson Center y miembro del Comité Ejecutivo del CARI.

Fuente de información: https://www.infobae.com/opinion/2019/11/11/el-fin-del-sueno-progresista/