Pedro Squillaci: literatura para nuevos lectores

Pedro Squillaci (Foto: Leonardo Vincenti / LA CAPITAL)
Pedro Squillaci (Foto: Leonardo Vincenti / LA CAPITAL)

Reynaldo Sietecase afirma que Pedro Squillaci “eligió narrar una historia de una manera simple y directa. Como se cuenta en el barrio o en el café, cuando ya se cerró la edición del diario y queda tiempo para las conversaciones y la voz de alguien encanta a una pequeña multitud”.

Pedro Squillaci es el autor de Un tipo cualquiera, novela editada por Homo Sapiens, una importante editorial de la provincia de Santa Fe. Como Sietecase, es rosarino y periodista, y el orden de los factores en este caso no es menor. A diferencia de él, Squillaci vive y trabaja en su ciudad natal, Rosario. Es jefe de la sección Espectáculos del diario La Capital y esta es su primera novela.

Decíamos que no es un dato menor anteponer su condición de rosarino a la periodista, porque Un tipo cualquiera da cuenta de cierta identidad. Si bien en los medios nacionales en general circula poco de la cultura de Rosario y la provincia de Santa Fe —apenas sabemos de aquellos que logran cierta notoriedad en Buenos Aires— no es menos cierto que en el imaginario común argentino resuenan las voces de Fontanarrosa, Olmedo, cierto humor gráfico y la tradición en el rock nacional que va de Litto Nebbia a la Trova rosarina. Y en esas poéticas hay claves que también resuenan en la novela de Squillaci. Lo coloquial, la amistad incondicional, el uso de apodos, los modismos del lenguaje, la identidad casi pueblerina, la preeminencia de las relaciones personales por sobre otros universos narrativos. Y un discurso accesible para quienes lo reciben, una manera de contar y cantar generosa con su público.

“Propongo una lectura accesible. Esta es la historia de un tipo cualquiera, escrita por un tipo cualquiera y que un tipo cualquiera puede leer. Lo de cualquiera no es porque sí. Nació de una frase de mi hijo Julián, que hablando de una película, dijo: ‘está buena, pero no es para cualquiera’. Y me pregunté ¿Por qué no es para cualquiera? ¿Quién es cualquiera? ¿Para quién sería la película? Me quedó flotando esa frase desde hace mucho tiempo. Ahí aparece un prejuicio: esto no es para vos, vos podés ver esto, pero esto no”.

“Un tipo cualquiera” de Pedro Squillaci
“Un tipo cualquiera” de Pedro Squillaci

“A Juan Lamónica nunca le pasó nada importante, hasta que un día una llaga le cambió la vida”, así comienza Un tipo cualquiera y así se presenta como novelista Squillaci. Ese recurso, anticipar de lo que se tratará el resto de la novela, permite imaginar que este estigma, esta marca en el culo, impulsará el cambio total en la vida de este tipo común. Ese cambio implicará irse de la casa familiar a los 38 años, dejar el taxi, su medio y modo de vida, escapar de Rosario y otras cuestiones que es preferible no develar. “Hay veces que uno en la vida espera el momento y el disparador para tomar una decisión que viene macerando desde antes”, explicó Squillaci a Infobae Cultura. Con él conversamos sobre lo rosarino en la novela, sus decisiones respecto del estilo coloquial y directo, su decisión de incorporar un epílogo muy personal y la dificultad de hacer visible la producción cultural en todo el país para quien no se ubica en Buenos Aires.

—La novela tiene giros que fácilmente se emparentan con las narrativas rosarinas como la de Fontanarrosa, Olmedo, algo del cine como El asadito o Rosarigasinos. ¿Qué hay de esa matriz “rosarina” en la novela?

—Hay algo de eso, sí. Creo que lo “rosarino” no es algo que se pueda rotular de una manera tan concreta. Tiene algo de espontaneidad, de humor rápido, de juego de palabras, del modo colorido en pintar las situaciones. Peor tampoco conozco mucho cómo pinta estas situaciones la literatura de un cordobés o de un mendocino, y como no me gusta considerarme el centro del mundo, no puedo asegurar que eso sea particular de los rosarinos. De todos modos me parece que hay algo de rosarinidad que atraviesa el texto. Alguien me tiró que en algunos personajes hay algo de Fontanarrosa y eso, obviamente, me da mucho orgullo.

—Hay elementos que están en la novela y sirven para caracterizar esto que hablamos: tratar el espacio social y geográfico de una ciudad como Rosario como si fuera un barrio; la centralidad en la vida del personaje de las relaciones afectivas más cercanas; que nadie se llame por su nombre de pila, sino por un apodo. Esto podría configurar una matriz. ¿Esto fue trabajado durante el proceso de escritura de manera consciente?

—No, surgió naturalmente. Porque el Chino es el Chino (en la vida real es el Turco, un amigo mío) y el Tito en la vida real es Rey, Reynaldo. Aparecen de la vida. Me parece que eso me permite reflejar la cercanía de los personajes. Nunca digo el nombre completo del Chino, no hace falta. Tiene mucha más entidad el apodo que el nombre. En la vida real el Chino era uno de los sobrenombres del Turco. En un grupo de gente le dicen Chino, en otro Turco y en otro Daniel. Eso tiene que ver con cómo se construye la familiaridad con un grupo de gente. Los del barrio le decíamos Turco, los de la facultad le dicen Chino, pero los del trabajo le dicen Daniel, lo llaman por su nombre. Y eso da cuenta de un universo propio, particular. Eso es lo que yo quise pintar, el universo de Juan Lamónica, el personaje principal. Eso también está en el encuentro en el bar entre ellos, en cómo se hablan por teléfono, en la relación de Juan con Nico y Maite, los hijos de su amigo. Quise reflejar esa cotidianeidad, esa cercanía. Aquello que se resuelve con un “te paso a buscar, ¿dónde estás?”, “en el bar” y ya está. En Rosario en 15 minutos podemos llegar de un lugar a otro. Eso no te pasa en Buenos Aires. “Estoy en 15” y listo. Así de simple es en Rosario. Eso también lo quise reflejar.

Pedro Squillaci n la presentación del libro “Un tipo cualquiera” en Plataforma Lavardén, marzo de 2019 (Foto: Fernanda Forcaia / LA CAPITAL)
Pedro Squillaci n la presentación del libro “Un tipo cualquiera” en Plataforma Lavardén, marzo de 2019 (Foto: Fernanda Forcaia / LA CAPITAL)

—En relación con eso, en la contratapa Reynaldo Sietecase dice que elegís narrar como se cuenta en el barrio o en el café. ¿Lo coloquial es una definición previa?

—Yo no quería formatear la manera de contar de antemano, pero tenía unas premisas básicas: que sea una novela corta; que no tuviera asesinatos ni tramas políticas ni narcos, estaba cansado de leer thrillers políticos y tramas de poderes algo forzados, aunque haya por allí alguna referencia a la cuestión del ejercicio de las corporaciones; quería algo directo y simple, con el que un intelectual o una señora de barrio pudiera sentirse identificado … Y que mi vieja lo haya leído de punta a punta, lo mismo que una amiga que nunca había leído un libro, fue un elogio. Algo de eso buscaba. En el título hay algo de esto: quería que un tipo cualquiera se acerque a algo que tiene una connotación cultural sin problemas ni complejos. Como periodista de cultura y espectáculos me cansé de entrevistar a gente que se cree arriba de un tipo cualquiera. Muchos amigos me criticaron porque en el epílogo afirmo que no soy un escritor. El tipo que escribe una novela no es un escritor. Yo puedo decir que soy periodista, porque hace 25 que tengo este oficio. Llevo años formándolo y moldeándolo, entonces defiendo mi lugar en la profesión. Pero ¿escritor? ¡No! Me encantaría escribir otro libro. No sé si me van a dar la cabeza, las ganas y el tiempo. Por eso esas fueron las cosas básicas que tuve en la cabeza: que sea breve y accesible para todos. Otra de las condiciones que me puse, ya que yo vivo de escribir todos los días en el diario, era escribir solo cuando tenía ganas de hacerlo. Por eso no busqué un editor antes de tenerla cerrada para mí. La escribí, se la di de leer a amigos, me dieron devoluciones, la volví a leer, corregí algunas cosas, y cuando sentí que estaba cerrada, y pasaron algunos años para eso, busqué a quien quisiera editarla.

—El taxista es casi el paradigma del tipo común. ¿No es un lugar común demasiado común para un tipo cualquiera?

—Yo hice un taxista para salvar el buen nombre y honor de los tacheros. En general, con perdón de los muchos buenos que conozco, son considerados tipos bastante jodidos políticamente, suelen escuchar radios que no condicen con las voces populares, se quejan por las medidas de fuerza que hacen los trabajadores y le dicen “negros de mierda”, aunque somos todos pares y todos laburantes. No los entiendo en ese sentido. Lo que hice con este taxista fue correrlo de estos vicios, no quise que sea un tipo detestable. Juan Lamónica elige ese tipo de laburo para ser independiente. Usaba el taxi para poder moverse en las calles en libertad, hablar con quien quería y encontrarse con las mujeres que quería. Un laburo que lo alejaba de la opresión de los horarios fijos y jefes que están encima tuyo. Ahí, en evidenciar quiénes son los desagradables y quiénes no lo son, está soslayadamente lo político y lo referente al poder, eso que está contado especialmente en relación con la cuestión médica y el modo en que el médico ejerce su poder.

Pedro Squillaci (Foto: Leonardo Vincenti / LA CAPITAL)
Pedro Squillaci (Foto: Leonardo Vincenti / LA CAPITAL)

—En relación con esto sorprende la aceptación de Juan de la palabra de ese primer médico. ¿Por qué acepta tan pasivamente y no busca otra opinión?

—Eso tiene que ver con el personaje. Es un tipo inocente, que tiene una sensibilidad a flor de piel. Un tipo inocente que no puede cuestionar ese diagnóstico. Cuando le dicen “esto es rojo”, para él esto es rojo. No lo pone en duda, porque cree en ese tipo. Punto. Hay cantidad de gente, que por ignorancia, por no tener recursos o información, acepta la palabra médica sin dudarlo. Pero además esa es un poco la excusa que a él le permite cambiar su vida. Hay veces que uno en la vida espera el momento y el disparador para tomar una decisión que viene macerando desde antes. Fue la excusa ideal para cambiar de vida rotundamente. Para irse a otra ciudad a vivir, para decirle a la Sole que la amaba, para irse de su casa donde vivía con su mamá y su papá. Tenía que cortar el cordón umbilical y probablemente esa haya sido la excusa perfecta para cambiar su vida. Y para mí fue la excusa perfecta para seguir la historia. Esa inocencia fue totalmente adrede.

—Es importante mencionar el epílogo, que es parte del libro aunque no de la novela. Sin que importe a que referís sobre tu historia personal, hay allí una explicación al lector de que la novela fue escrita a lo largo de varios años y que querías contar. ¿Por qué hacés eso?

—Quise ser honesto con el lector, algo que no encontré en cantidades de libros que leí en mi vida. Me hubiera gustado muchas veces poder preguntar: “loco, ¿qué quisiste hacer?”. Tanto con libros que me gustaron mucho como con libros que no me gustaron nada. Acá tenía el deseo de decirle al lector lo que me pasó en la vida y quien soy ahora, porque cuando estaba escribiendo este libro era otro tipo cualquiera. Tuve esa necesidad de ser sincero, sobre todo porque la situación delicada que pasé en mi vida hizo que mucha gente se quedara con la última foto. Y también que muchos malinterpretaran el libro: hubo quienes lo entendieron como una novela de autoayuda y otros que en las notas que me hicieron parecían querer ver sangre y eso me hizo bastante daño.

—Si Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires, como dice el refrán, no podemos dejar de preguntarnos cómo hace un escritor rosarino como vos, que escribe desde años en medios, que publica su primera novela, para poder ser leído en el resto del país sin necesariamente pasar por Buenos Aires.

—En términos generales me parece de una injusticia terrible. Que a mí y otros autores de la ciudad no nos conozcan en Tucumán, por ejemplo, y que nosotros no sepamos qué están produciendo en Tucumán es muy injusto. Lo que se difunde es eso que se presenta como masivamente aceptado, pero eso surge de lo que nos acostumbran a consumir. Tendríamos que hablar de las políticas de difusión culturales a nivel país, que me parece que son cada vez más perversas. Hay una maquinaria dispuesta para que se difunda lo que se puede consumir y tirar rápido, para poder consumir lo que viene. Es algo muy propio de un capitalismo muy perverso, vinculado a la sociedad de consumo que tenemos hoy en Argentina, heredado seguro de los patrones culturales de los centros dominantes. Me parece que tiene que ver con eso.

 

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Fuente de información: https://www.infobae.com/cultura/2019/05/15/pedro-squillaci-literatura-para-nuevos-lectores/