Música en el patio del Indio Froilán: detrás de un bombo hay una familia que la pelea

Por Juan Tauil*

Pirograbado en los bombos del Indio Froilán (Crédito: Exequiel Paoletti)
Pirograbado en los bombos del Indio Froilán (Crédito: Exequiel Paoletti)

Camino a Junín pensaba qué cosas puede compartir esta ciudad del noroeste de la Provincia de Buenos Aires con mi tierra natal, Santiago del Estero. Por el verdor y las casas bajas, Junín se parece bastante a la zona donde me crié, Fernández, a 60 kilómetros de Santiago capital, que goza también de una vigorosa actividad agrícola ganadera. Puestos de venta de maní salado y garrapiñada a la vera del camino, sembradíos de maíz bien verde y exuberante, algunos que otros campos de concentración animal -enormes gallineros o solares repletos de vacas sometidas a vivir los últimos momentos de sus vidas sobre su propio excremento-; también se ven casas coquetas rodeadas de enormes palmares, silos que parecen cohetes, máquinas segadoras… vacas y más vacas. Mucho cuero en este viaje a Junín… mucha madera y cuero fresco va a tener esta experiencia con mi bombito legüero a cuestas, aromando todo desde el baúl.

Sabía que en la Primera Marcha de los Bombos de Junín iba a encontrarme con el Indio Froilán, personaje fundante del bombo legüero. Cuando lo conocí en su patio de Santiago del Estero, Froilán -hombre de pocas palabras y mucho quehacer- estaba sentado en una silla de tientos de cuero, ancha e imponente a cuya derecha ardía un brasero donde se calientan fierros con los que el luthier decora sus bombos con la técnica del pirograbado; tomaba firmemente las puntas incandescentes con unos trapos grisáceos que le sirven como agarradera para mitigar las altísimas temperaturas… y quemaba profundas líneas que iban descubriendo patrones en la gama de los marrones, bajo un humo persistente y perfumado. Un delfín para un bombito infantil; una pareja bailando, un árbol, un rostro…. o simplemente el nombre y apellido del destinatario son sellados con fuego sobre la madera del ceibo, árbol que provee el material de los mejores legüeros.

Esa leguminosa que sólo crece al borde de acequias, ríos, canales o represas fue declarada flor nacional en 1942 y puede alcanzar hasta veinte metros de altura. Su tronco está rodeado de corcho en su exterior para evitar la evaporación y su madera es blanda, liviana y de color amarillento; en verano sus hojas verde oscuras se engalanan a partir de octubre gracias a unos fogonazos rojos, sus flores comúnmente llamadas “gallitos”, destellos legendarios de una pequeña indiecita que murió quemada en manos de soldados en la conquista. Camino a Junín he visto bellos ejemplares de ese árbol tropical.

(Crédito: Exequiel Paoletti)
(Crédito: Exequiel Paoletti)

El patio de tierra con frondosa arboleda donde nació y se crió José Froilán González en Boca del Tigre, Santiago del Estero, siempre fue lugar de reunión familiar para celebrar, entre otras festividades, el día de San Ramón y Santa Rosa, pues su padre y su abuela se llamaban así, respectivamente, como los mismos santos-. A escasos metros del patio corre el río Dulce, curso de lecho arenoso cuyas aguas provienen de las cumbres Calchaquíes y el cordón del Aconquija a más de 5 mil metros de altura, donde lo denominan río Tala. Por su paso por Tucumán recibe el nombre de Salí.

El tío del Indio, Polo, hermano de su padre, era el que originalmente empezó a hacer bombos; en cambio, la familia del Indio siempre se dedicó a la pesca. Primero Froilán y su hermano Miguel juntaban algunos troncos de ceibo que pasaban flotando por el río, armaban sus bombos y los vendían sin más pretenciones que la subsistencia. Sus otros hermanos, Domingo y Martín también se interesaron por este trabajo. Pronto Froilán se fue especializando y se convirtió en un hacedor de bombos profesional; su tío Polo se dedicó a venderlos y pronto empezó a ser visitado por músicos reconocidos como Gustavo Santaolalla, León Gieco, Alberto Cortés, el Chango Nieto, Los Altamirano, el Chaqueño Palavecino, Jorge Rojas, los Hermanos Ábalos, la familia Carabajal, Carlos Saavedra el gran bailarín… hasta Osvaldo Bayer, Divididos, La Bersuit, Luisa Calcumill.

En Junín la marcha empezó en la Plaza de las Armas. Ahí se ofrecieron talleres y recitales mientras se aguardaba a los participantes de todo el país. La comitiva de santiagueños era la más concurrida y llena de personajes entrañables como el Mataco, un bonachón siempre dispuesto, que usaba una remera con nuestras Islas Malvinas, dedicada a aquellos que no volvieron, Luis Bordón, su mujer y su hijo, Alma Indómita, la hija mayor de la Tere castronuovo con su esposo y sus hijas y otros músicos amigos. El lugar de encuentro de los participantes de la marcha no fue la plaza del centro, sino otra más alejada, recientemente remodelada, con enormes juegos para chicos. Los músicos amenizaban la espera en un escenario con una lona oscura para cubrirse del sol mientras la gente iba llegando y se instalaba en grupos con los bombos como potros en la gatera. Más de mil personas acompañaron el latir de 200 tambores. La caravana se fue nutriendo de gente, que se acercaba para chusmear ese latir de la tierra, que parece un reclamo político, un reproche, pero que no deja de ser una fiesta. Cada centímetro del cuerpo vibra en un latido universal, un sopor, un mantra que se instala en la pelvis; es la tierra fértil, es la placenta, es el corazón de la tierra. Tere Castronuovo, pareja de Froilán, nos arenga desde los altoparlantes: ¡El latir del bombo es el llamado de la tierra, es el llamado de la patria a tomar nuestro lugar, luchar por lo que es nuestro!

Juan Tauil (Crédito: Exequiel Paoletti)
Juan Tauil (Crédito: Exequiel Paoletti)

Hincha de Racing, José Froilán Gonzalez -llamado así en homenaje al mítico corredor de Fórmula 1 nacido en Arrecifes- reconoce que sólo se queda quieto sin armar bombos cuando se pone a ver un partido de fútbol, pasión que recién descubrió a los 27 años. “Yo soy lo que soy debido a la crianza que hemos tenido: trabajar para vivir, para poder comer, muy apegados al trabajo, así también el haber hecho la colimba me ha enseñado lo que es el bien y lo que es el mal, me contó una vez. “He juntado desperdicios para los chanchos, he pescado y he vivido de eso, nunca hemos bajado los brazos, nunca hemos vivido de la dádiva; pescábamos toda la noche y volvíamos a la casa al medio día y mi madre caminaba nueve kilómetros llevando el pescado para vender y así fue nuestra vida hasta que nos empezamos a dedicar a los bombos”.

La Tere Castronuovo, su pareja, es una gran institucionalizadora, capaz de captar las necesidades del pueblo y sintetizarlas en encuentros multitudinarios, horizontales, pluralistas, autogestados, visibiliza el ímpetu del movimiento social folklórico y preserva y democratiza la cultura popular. Licenciada en Gestión Educativa, “La Tere” ya en el ´87 participó del encuentro de mujeres que se hizo en Córdoba y mucho antes se ocupó de la organización de multitudinarias carreras de bicicletas en Las Termas de Río Hondo. “No creo que se pueda trabajar sin el Estado; me dijo: desde adentro se puede defender patrimonio e identidad. Los movimientos populares se gestan de abajo hacia arriba y para ello hay que habilitar espacios donde éstos se puedan desarrollar”. El concepto del Patio como funciona ahora surgió de muchas charlas de Tere y el Indio con personalidades como Don Sixto Palavecino y Josefina Racedo, una psicóloga social muy amiga de Atahualpa Yupanqui: “Quienes venden sus comidas o sus productos en el Patio no pagan ningún canon; no se celebran contratos con los músicos, se recibe a todo tipo de gente, de todos los lugares del mundo… ahí hay una postura política, ideológica”.

En el Patio, en la mesa custodiada por la Tere y sus infaltables amigas como Rita Ledesma, Chini Palavecino, Graciela Bravo, Casilda Chazarreta -quien fuera mi maestra en la primaria y a quien cariñosamente llamo “señorita Peti”-, se pueden encontrar los manjares más exquisitos: pequeñas empanaditas al estilo santiagueño hechas por los indios tonocoté; humita y tamales de choclo amarillo como el oro, carne asada, cabrito y en invierno, locro o guiso.

(Crédito: Exequiel Paoletti)
(Crédito: Exequiel Paoletti)

El escenario en lo del Indio es un tema aparte: un enorme terraplén encorsetado por enormes maderas que parece explotar en cualquier momento, con un árbol enorme en el medio. Detrás, un alambrado común y corriente donde se posan las aves; algún que otro chango que pasa con su bici o moto, vió luz y se quedó y los infaltables que se han pasado un poco con el chupi y se adoban al son de las guitarras y los coyuyos -cigarra que vive en el algarrobo, “EL” árbol santiagueño por antonomasia-.

“En Santiago del Estero ya sabemos que las marchas han logrado dominar y dar vuelta sistemas totalmente extremos en cuanto a opresión, y se instalaron como un modo de mostrar lo que necesita el pueblo”, así es el pensamiento de mi señorita Peti. “Ancestralmente el bombo ha sido un medio de comunicación: se comunicaban fallecimientos, nacimientos, que había carne en el puesto… el sonido del bombo traía una noticia… ahora significa una defensa activa de la cultura popular. En una marcha en la que reclamamos un salario justo seguro va a haber un bombo, en una marcha de trabajadores seguro hay un bombo que suena”.

Cada pieza tiene 20 días de preparación; los cueros deben ser de animales adultos -de cabra para los percusionistas y de oveja para los bombistos- ya que la piel de cabra es más resistente al golpe casi vertical de los primeros. Una vez comprados los cueros en la barraca, son estaqueados al inclemente sol santiagueño; luego se los moja, se los enjuaga para sacarles la sangrada y se los deja hasta el otro día en agua. Luego se lo vuelve a estaquear al sol en un piso duro y así queda el parche bien seco y planchado. Ahí se lo recorta según el tamaño del bombo y los ayudantes arman el instrumento provisoriamente seleccionando cuál parche va arriba -para el toque grave- y cuál parche va abajo -para el semi-agudo-. Así los bombos quedan a la espera del momento de la entrega, donde son desarmados de nuevo, pulidos, grabados y finalmente armados y afinados por el propio Indio como toque final.

Cuando el Indio trabaja en su patio va buscando la sombra o el sol dependiendo qué parte del bombo tenga que trabajar. 6 aprendices lo acompañan, y son los que van preparando las partes del bombo para que el Indio los arme. Tal es el nivel de perfección y de sutileza que he visto al Indio devolverles los parches a los changos para que le corten bien el pelo, ya que ésto también afecta el sonido final de los bombos, así también lo he visto trabajar minuciosamente en los cilindros, que a veces tienen alguna rajadura o vienen con un “ojo”, lugar desde del que salía una rama cuando era árbol. El indio reemplaza esas partes con pequeños trozos de madera, un verdadero trabajo de marquetería, hasta lograr que sea imposible determinar dónde está el segmento reparado.

“A mi me gusta trabajar con buen humor, aquí nadie viene con que está decaído”, amenaza Froilán. “Escuchamos los chistes de Pochi Chávez, del Flaco Paz y nos ponemos apodos mutuamente, nos cargamos mucho… tampoco dormimos la siesta; en cuanto terminamos de comer ya nos ponemos a tomar mate sin importar la temperatura que esté haciendo. Hemos trabajado con 56 grados de calor, bajo las sombras de los árboles, de vez en cuando regamos un poco con un motor, para refrescar el lugar.

Amante de la naturaleza, al Indio le gusta también dejarle comida a los pájaros que “pobrecitos se han quedado ya con poco monte”.

Detrás de un bombo hay una familia que la pelea, hay un tipo de abundancia alrededor del bombo que tiene que ver con lo esencial de la vida, darse un abrazo, a mi nadie me abrazó como me abrazó el Indio Froilán y ese abrazo fue el mismo en el que nos fundimos y nos fundiremos siempre… en las marchas.

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*Nota: Este texto forma parte de Audiocrónicas, un espectáculo de textos al son de los bombos legüeros.

*Sobre el autor: Juan Tauil se especializa en historias de la desconocida mesopotamia formada entre los ríos Dulce y Salado en su provincia natal, Santiago del Estero, donde sobrevive misteriosamente un idioma particular, el Quichua, una armoniosa mixtura entre el Quechua del Alto Perú con otras lenguas como el Cacán, Diaguita y Tonocotés, todos Pueblos Originarios del Norte Argentino. Esa exuberante zona es la cuna de leyendas fabulosas y el hábitat de animales fantásticos que Tauil conoce muy profundamente por su constante interés por la fauna y flora, los idiomas originarios, los mitos fundacionales y los textos de las Vidalas, un género musical también originario de esa rica porción de tierra. Además de viajar y cronicar, Juan Tauil formó hace una década la banda performática-musical Sentime Dominga, con la que circula por los escenarios del país, participó de festivales de literatura como FILBA y ya lleva editados dos discos en el mítico sello Los Años Luz. Actualmente Juan produce su tercer disco “Audiocrónicas”. En su carrera como documentalista Juan Tauil presentó su Ópera Prima, “T”, sobre militancia travesti en Argentina, presentado en el Festival GLTTBIQ Asterisco -considerado un documental de trinchera- proyectado en museos, festivales y debates de género alrededor del mundo.

 

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Fuente de información: https://www.infobae.com/cultura/2019/04/13/musica-en-el-patio-del-indio-froilan-detras-de-un-bombo-hay-una-familia-que-la-pelea/